Nagoya y un nuevo amor.
La historia de cómo un restaurante indio en Nagoya se convirtió en uno de los recuerdos más importantes de mi viaje por Japón.
Hace casi un año que escribí mi último post aquí. Seguía organizando muchas cosas del viaje que hicimos a Japón y otros lugares de los que les hablaré más adelante. Este blog ha estado descuidado, pero no olvidado; al menos mientras siga manteniendo el dominio y el host activos.
La primera vez que fui a Japón pasé por Nagoya, pero fue sólo un instante. No recuerdo a qué fuimos específicamente y, como yo no intervine en el itinerario y sólo iba como borrego, pues así me fui. Lo único que conservo en la memoria es que nos quedamos una sola noche y apenas tuvimos tiempo para visitar el Museo de Ciencias, comer en el famoso Yabatón, comprar el café más caro que he pagado en mi vida y tomar mi primer taxi en Japón.






Pensé que Nagoya sería sólo una escala más, pero con el tiempo entendí que no. Creo que desde aquella primera visita la ciudad me susurraba porque me tenía algo preparado. No sabía qué era y, aunque parezca algo muy superficial, terminó convirtiéndose en uno de los momentos más representativos de todo el viaje.
He intentado explicarlo en Instagram y en YouTube, pero es complicado meter una historia así en treinta segundos o incluso en diez minutos. Hay cosas que simplemente necesitan más tiempo para respirarse. Si alguien llega hasta el final de esta lectura, probablemente entenderá por qué he insistido tanto en contar esta historia.
Llegar a Japón —o a cualquier destino que implique más de catorce horas de vuelo— es una especie de cruda, pero sin alcohol. El cuerpo tarda en entender qué está pasando. Aunque tomes mucha agua para no deshidratarte, el golpe del cambio de horario se siente. Da igual la emoción que tengas por conocer Japón o cualquier otro lugar del mundo: el cansancio siempre aparece.
Recuerdo que llegamos a Nagoya como a las dos de la tarde, cansados. Veníamos desde Tokyo y, aunque el trayecto en tren es de apenas dos horas, cambiar dinero, instalar la SIM, llegar a Tokyo Central desde Narita y todos sus etcéteras terminan convirtiéndose en tiempo, agotamiento y muchas ganas de llegar al hotel.
Después de todo ese recorrido, por fin llegamos a la estación del metro que nos dejaba a media cuadra del hotel: Hisaya-odori, salida 2 (久屋大通駅). Claro que, como buenos turistas, le atinamos a la salida correcta la primera vez y terminamos saliendo por la número 3. Pero bueno, también era parte del jet lag.
Tuvimos que cruzar la avenida y, justo cuando el mapa nos decía que ya estábamos cerca del hotel, el semáforo comenzó a emitir esos sonidos tan característicos de pajaritos que ayudan a orientarse a las personas con discapacidad visual.
Fue ahí cuando ocurrió algo que espero no olvidar jamás.
Llegó un olor.
Mientras escribo esto puedo volver a sentirlo.
Y cuando se me antoja, aunque esté a miles de kilómetros de Japón, sólo cierro los ojos y aparece otra vez.
En Japón hay dos aromas que, al menos para mí, parecen formar parte de sus calles: el curry y el ramen.
Aquél era uno de ellos.
Todos supimos inmediatamente que era curry. Nos abrió el apetito al instante, pero primero queríamos llegar al hotel, quitarnos los zapatos, descansar un poco, pasar al baño, recostarnos unos minutos y antes de salir a buscar dónde comer.
Sin embargo, ese olor ya se había quedado con nosotros.
Y entonces apareció una idea que, vista desde hoy, me da risa.
¿Cómo íbamos a comer curry indio en Japón?
No tenía idea de lo que estaba pensando... ni mucho menos de lo que iba a ocurrir.
Ahora entiendo que todo ese juego de escondidillas que el destino me estaba poniendo enfrente fue precisamente lo que hizo tan especial aquel momento.
Cuando bajamos al lobby, el mismo aroma seguía ahí.
Honestamente, nunca supe si era el olor que nos había acompañado desde la estación del metro o si en el hotel acababan de preparar un curry muy parecido y el olor se había quedado flotando entre las ollas recién apagadas, esperando a desaparecer.
Lo único que sé es que ese fantasma se impregnó en mí como si fuera la primera vez que olía curry.
Y no lo era.
Rodeamos la cuadra buscando comida japonesa y nos encontramos con ese momento del día en el que todo parece detenerse. Los restaurantes descansan unas horas antes de volver a servir la cena y las opciones empiezan a desaparecer.
La única que nos quedaba era regresar al ancla de buen gusto y sabor espectacular que habíamos encontrado apenas salimos a caminar por Nagoya: el restaurante indio Baje (Basé).






Sé que tardé mucho para llegar a este punto, pero fueron 47 años para encontrar este sabor.
Uno que movió mi ADN de una forma que parecería sacada de un cuento de ciencia ficción.
Todo mi cuerpo cambió y, mientras el curry y el naan iban apareciendo frente a mí, algo también iba despertando entre mis neuronas y mis papilas gustativas.
No sé si fue una vida pasada.
Suena exagerado, lo sé.
Pero soy testigo fiel y honesto de que aquella primera vez que probé comida india abrió en mí algo mucho más grande que el descubrimiento de sabores únicos y deliciosos.
Fue una recapitulación de decenas de especias, de técnicas de cocción y del reconocimiento de las manos que preparan esa comida.
A veces pienso, medio en serio y medio en broma, que quizá alguna tatarabuela de mi tatarabuela tuvo algo que ver con esa historia. O que, en algún momento, mi bisabuelo fue aquel niño que llegó en un barco desde Asia para vivir en las calles del entonces Distrito Federal y, por alguna razón imposible de demostrar, algo de todo eso terminó formando parte de mí.
No tengo cómo comprobarlo.
Pero tampoco tengo dudas de lo que sentí.
Desde ese día estoy convencido de que, en alguna parte de mi historia, llevo un porcentaje de sangre india.
Desde ese momento no he dejado de pensar en toda la comida india que no probé.
De todos los lugares en los que pude haber entrado y no entré.
De todos los curries, butter chicken, naan y platillos que dejé pasar sin saber que estaban esperándome.
Ya habrá oportunidad de hablar de ellos en otras publicaciones.
Porque, aunque ese viaje continuó por muchas ciudades, para mí todo comenzó ahí.
En un pequeño restaurante de Nagoya.
Por eso ocupa un lugar tan importante.
No sólo en mi mente.
También en mi ADN.
Y en mi corazón.
Aquellos cocineros nunca supieron quién era yo.
Probablemente jamás vuelvan a recordarme.
Pero ese día hablaron un idioma que no necesita traducción.
La cocina.
Y consiguieron hacerme sentir en casa.
No como si estuviera descubriendo un lugar nuevo.
Sino como si hubiera regresado después de mucho tiempo a sentarme en la mesa de otra abuela.
De otro hermano.
De otra familia.
En otro rincón del mundo.
No puedo explicarlo mejor.
Sólo puedo decir que lo que sentí aquel día fue amor reposado.
Nagoya es una gran ciudad y de verdad le tengo mucho cariño. Claro que pienso regresar para recorrer de nuevo el castillo, el Buddha de Togan-ji, los museos, más calles, Legoland, el puerto y muchos otros lugares únicos.
Pero le pido a mi corazón que se quede dentro de ese pequeño templo personal: aquel restaurante que se vino conmigo desde Japón.