Te quiero, Kumamoto
Una ciudad que me regaló esta gran anécdota.
Si existe otro lugar parecido a México en Japón, debo decir que es Kumamoto. Lo sentí desde la primera vez que lo conocí. Salimos de la estación y el día estaba soleado. Iba guardando visualmente todo lo nuevo; por necedad, siempre lo tengo a la mano para después recordar.
El tranvía viejito en medio de la calle adornaba una ciudad limpia. Había personas muy amables y platicadoras por todos lados. No es que critique a la gente de Japón, en general son amables, pero la gente de Kumamoto es más expresiva, más dicharachera, como decimos por acá, y por eso sentí ese lazo con México.
La razón por la que fui la primera vez fue para conocer a uno de los diez tripulantes del anime One Piece, de Eiichiro Oda.
Tardamos en llegar al parque, pero caminar en Japón nunca es aburrido. De la nada salen templos, celebraciones, gente en bici, locales de ramen, konbinis o mujeres con kimonos; algarabía y muchos recuerdos.
Cuando entramos al parque donde está la estatua de Monkey D. Luffy, salió una señora a saludarnos muy alegre. Nos preguntó nuestro país de origen y México tiene la bendición de que siempre es bien recibido. Sólo cruzamos unas cuantas palabras y desapareció. Nos tomamos la foto obligada con Luffy y, a finales de noviembre, el cambio de estación ya se empezaba a sentir; el parque tenía un tapete de hojas amarillas.
Íbamos rumbo al castillo de Kumamoto cuando, de pronto, volvió a aparecer la señora, ahora acompañada de su esposo. Nos lo presentó con la misma alegría con la que se había acercado a nosotros. Preguntaron a dónde íbamos, pero hicieron una pausa para intentar explicarnos que querían que fuéramos a un lugar. No entendíamos a dónde, pero entre lo poco que distinguí estaba “tomodachi”, que significa amigo en japonés.
Nos señalaban un lugar justo enfrente del parque donde nos conocimos y empezaron a caminar hacia una calle. Revisamos en Maps y vimos que nos dirigíamos hacia un lago, el Suizenji Ezuko Park. En el trayecto, ella cantaba alegre y se notaba que tenía una voz profesional, pero lo que más valía la pena reconocer era su alegría por vivir, por respirar, por ser ella, por ser libre; y así lucía su voz, con una libertad plena. Su esposo disfrutaba verla y también reía con ella. Entre lo poco que nos contaban en inglés, entendimos que eran músicos. No teníamos idea de con quién estábamos y lo descubriríamos después. Pero la alegría fue lo que hasta el día de hoy me hace recordarlos, porque eso en ningún lugar se enseña; aparece cuando uno disfruta caminar sin voltear atrás.
No era al lago adonde nos estaban invitando, sino a la casa de Akira, un amigo (tomodachi) que tenía una casa preciosa enfrente del lago. Con la misma amabilidad, nos invitó a pasar. Era una casa llena de detalles de madera que Akira había hecho, con una arquitectura preciosa, objetos bien organizados y cuartos impecables, sin nada de más, todo minimalista. Tenía un cuarto dedicado a su afición a la pesca, con cuadros en papel washi hechos con la técnica de impresión gyotaku, que literalmente significa “impresión de pez”. En otro espacio tenía un altar dorado, colocado en un rincón de la casa que se notaba elegido para rezar, sin una partícula de polvo y lleno de devoción. En la sala estaba el piano donde empezaron a tocar el corrido tradicional mexicano “La Cucaracha”; cantamos, celebramos y fusionamos un recuerdo con una nueva amistad. Nos llevaron de nuevo a la calle principal, donde tomaríamos el tranvía para ir al castillo.




Después de un tiempo les escribí porque iba a regresar con mi familia y quería que se conocieran. Lamentablemente no tuve respuesta, pero aun así llevé a mi familia a casa de Akira a dejarles unos detalles de artesanía mexicana que les había llevado a los tres. Esperaba encontrar al menos a Akira y que él les hablara o, en su defecto, les diera los regalos, pero no encontramos a nadie. Sin embargo, tomé una foto como evidencia de que habíamos ido y les volví a escribir para que supieran que habíamos estado ahí. Me respondieron meses más tarde y me contaron que, por problemas de salud de ella, estaban reposando y no habían salido; incluso no habían ido a la casa de Akira, pero ya tenían su regalo.
En el último viaje que hicimos a Japón, nos quedamos un par de días en Kumamoto. También les avisé que íbamos, pero tampoco obtuve respuesta por parte de ellos. No insistí, pero algo fantástico iba a ocurrir. Como íbamos con mi cuñado, era un deber ir de nuevo al parque donde estaba la escultura. Coincidía que era noviembre y empezaban a caer las hojas para llenar el parque con el mismo tapete que vi la primera vez. Disfrutábamos de nuevo todo el paisaje, el lugar, mi hijo pequeño aventando hojas que los rayos del sol iluminaban a contraluz, porque ya eran más de las cuatro de la tarde y el sol se estaba escondiendo. Como si fuera la entrada a uno de sus grandes conciertos, en los que me hubiera gustado estar para escucharlos, aparecieron. Y, como si apenas hubieran pasado tres días desde la última vez que nos vimos, me reconocieron de inmediato; se notó en la expresión de sus rostros. Nos volvíamos a encontrar después de casi cuatro años de habernos conocido y haber marcado esa tarde una amistad que, a pesar de la distancia y la comunicación intermitente, permanecía. Obviamente me dio mucho gusto verlos y, además, presentarles por fin a mi familia, a quienes les había contado toda esa experiencia tan padre que había vivido con ellos cuando los conocí. Desde ese momento habitan en mi corazón y, siempre que menciono Kumamoto, pienso en ellos.
Después del terremoto que ocurrió en Kumamoto el 28 de julio de 2026, me comuniqué vía email con ellos para saber cómo estaban. Afortunadamente, me respondieron al día siguiente que estaban bien y que deseaban que pronto nos volviéramos a ver. Esa fue la última vez que tuve comunicación con ellos. Yo también espero verlos de nuevo, aunque sea cinco minutos, y tomarnos otra foto en aquel parque de Kumamoto.






Volviendo a aquella primera vez, esa noche, cuando llegué al hotel, me puse a traducir el volante que me habían dado y empecé a buscarlos por internet. Fue entonces cuando descubrí que Katsuko y Norio Kameyama eran artistas muy conocidos en Kumamoto.
Katsuko Kameyama, como lo intuí desde el principio, es soprano profesional. Ha desarrollado una larga carrera como cantante y profesora de canto, ha participado en óperas y conciertos e incluso representó a Japón en el Festival de Israel de 1982.
Norio Kameyama es compositor, arreglista, pianista y cantante. Ha compuesto música para más de mil poemas infantiles y canciones, además de dedicar buena parte de su carrera a la educación musical y a ofrecer conciertos dentro y fuera de Japón.
Lo más valioso de los viajes, después de las fotografías, son las anécdotas que recoges y guardas en la bolsa izquierda de la camisa, la que está más cerca del corazón, porque dejan una parte de ti en ese lugar y un gran recuerdo de quiénes y cómo conociste a esas personas que te regalaron momentos únicos. Aunque suene repetitivo, Katsuko y Norio Kameyama están guardados en mi recuerdo de Kumamoto, porque brillarán siempre en esa ciudad de ese gran país.
Te quiero, Kumamoto. Espero verte pronto.
📍 Enlaces de interés — Kumamoto
- 🎶 Kamesan Kikaku (亀さん企画) — Página oficial
- 🏯 Castillo de Kumamoto (熊本城) — Sitio oficial · Google Maps
- 🍜 Akagumi Ramen (赤組ラーメン) — Google Maps
- 🐻 Kumamon (くまモン) — Página oficial
- 🥣 Soup Stock Tokyo — Hakata Station, Fukuoka — Google Maps
- 🍺 Yebisu Bar — Hakata Station, Fukuoka — Google Maps
🏴☠️ Ubicación de las 10 estatuas de One Piece en Kumamoto — Google Maps
- 👒 Monkey D. Luffy — Google Maps
- ⚔️ Roronoa Zoro — Google Maps
- 🧭 Nami — Google Maps
- 🎯 Usopp — Google Maps
- 🍳 Sanji — Google Maps
- 🦌 Tony Tony Chopper — Google Maps
- 📚 Nico Robin — Google Maps
- 🔧 Franky — Google Maps
- 🎻 Brook — Google Maps
- 🌊 Jinbe — Google Maps